Aunque no se reconoce y no se remunera en la mayoría de los casos, cuidar es un trabajo que genera valor a nuestra sociedad, incluso bajo los criterios de la economía productiva. Según la Cuenta Satélite del Trabajo No Remunerado de los Hogares del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, en 2024, las labores domésticas y de cuidados representaron al menos una cuarta parte (23.9 %) del producto interno bruto nacional, más que la industria manufacturera (20.1 %) o el comercio (18.7 %). De ser considerado como parte de la contabilidad nacional, el trabajo doméstico y de cuidados sería el sector productivo más importante de México y las mujeres, sus protagonistas. En 2024, las mujeres contribuyeron 2.7 veces más al valor económico de estas actividades que los hombres.

También bajo los criterios de la economía productiva, a las personas jóvenes que aparentemente no estudian y no trabajan se les denomina de forma despectiva “ninis” en la discusión pública. Esta etiqueta social tiene la función de señalar que las personas jóvenes no están cumpliendo el mandato de ser productivas o de ganarse lo que tienen mediante su esfuerzo. Sin embargo, 3 de cada 4 personas jóvenes que aparentemente no estudian ni trabajan son mujeres que trabajan cuidando, sin reconocimiento y sin pago. Casi 8 de cada 10 personas que no estudian y no trabajan en una actividad productiva son mujeres y alrededor de 9.5 de cada 10 mujeres que no estudian y no trabajan se dedican a cuidar de otras personas y los cuidados son un trabajo que no se remunera. Las ninis no existen, son mujeres jóvenes que cuidan.
El uso de la palabra “nini” como etiqueta invisibiliza y estigmatiza a las mujeres y al trabajo que realizan, como muestran diversos análisis sobre la categoría nini en México (Campos Vázquez, 2011; OCDE, 2017; Escoto, 2021; Arceo Gómez y Campos Vázquez, 2021). Este término es una señal de desprecio hacia las juventudes más discriminadas, hacia el trabajo de cuidados y la autonomía de las mujeres. Cuando se llama “ninis” a personas jóvenes que están dedicando una jornada completa al trabajo de cuidados se construye una dicotomía falsa entre quienes “le echan ganas” y quienes no, bajo la lógica meritocrática, además de esconder a quien no tiene otra opción más que cuidar debido a desigualdades estructurales y a la injusta organización social del cuidado que persiste hasta nuestros días. A su vez, al estar centrada en una visión sesgada e incompleta de una economía que prioriza lo productivo y lo masculino, invisibiliza a las mujeres que brindan cuidados y sostienen a nuestras comunidades.
Tal estigmatización también tiene el efecto de desmovilizar a las personas. Si el discurso público les repite que “no hacen nada” y que, por lo tanto, su voz y necesidades no importan, se anula su capacidad de reconocerse como personas sujetas de derechos y, por lo tanto, su capacidad de exigir al estado las condiciones necesarias para construir un proyecto de vida propio y autónomo. Las jóvenes que cuidan no eligen, de manera individual, estar fuera del mercado laboral o del sistema educativo, sino que se ven empujadas a cuidar de manera desproporcionada en un contexto donde los cuidados están distribuidos injustamente y donde hay poca o nula infraestructura pública para hacerlos más dignos y sin cargo a la vida y tiempo de las cuidadoras.
La vida de las mujeres jóvenes en México refleja una desproporción muy clara en términos de autonomía. En primer lugar, no están inactivas, pues en promedio destinan 5.2 horas diarias a algún tipo de trabajo de cuidados —quehaceres domésticos, acompañamiento o cuidados directos a personas en situación de dependencia—, más del triple que sus pares hombres. Aunque esta brecha sería suficiente para mostrar la desigualdad entre unas y otros, el dato representa solo una parte de la sobrecarga que enfrentan las mujeres. Cuando se pone atención particular a las mujeres jóvenes que hacen los tres tipos de cuidados —quienes representan a 1 de cada 5 mujeres jóvenes que cuidan— encontramos que dedican 7.6 horas diarias a trabajo gratuito y no reconocido, acumulando 53.2 horas por semana, muy por encima de la jornada laboral establecida por la ley para los trabajos de mercado.

Las jóvenes de la CDMX que cuidan sostienen una triple carga.
Número promedio de horas diarias que las personas jóvenes que no estudian ni trabajan dedican a distintos tipos de cuidados en la CDMX y a nivel nacional según género, 2024
La consecuencia inmediata de esta distribución injusta del trabajo de cuidados es que las mujeres jóvenes que cuidan no pueden hacer otras actividades. Las oportunidades para el ocio, el estudio, el trabajo remunerado, el autocuidado o la participación social o política quedan restringidas. Esta realidad, que tiene como base el mandato social que dicta que el cuidado es la principal vocación y obligación de las mujeres, se recrudece pues el derecho a la educación tiene fecha de caducidad y su nivel social o educativo las condena a la precariedad laboral. A esto se suma la ausencia de políticas públicas que hagan de los cuidados una responsabilidad compartida entre distintos actores sociales, incluyendo al propio Estado y los espacios de trabajo. No solo se trata de pobreza de tiempo, sino de la expropiación de su autonomía. Las mujeres jóvenes que cuidan son tanto un subsidio como un amortiguador de la crisis de cuidados para el estado, el mercado e incluso, para sus familias.
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Es necesario dar visibilidad a quienes están haciendo trabajo de cuidados sin remuneración. Por ello, en este documento nos centramos en entender quiénes son las mujeres jóvenes que cuidan y que están fuera del mercado laboral y educativo. Se analiza la situación tanto a nivel nacional como en el caso de la Ciudad de México (CDMX), donde actualmente se consulta y discute una iniciativa de ley para crear el sistema local de cuidados.
Es urgente reconocer a estas mujeres jóvenes para que el estado asuma la rectoría en la creación, diseño e implementación de políticas de cuidados con y para ellas, que les permitan decidir de manera autónoma sobre la vida que desean para sí. Promover políticas de cuidados para las mujeres jóvenes que cuidan, especialmente las más discriminadas, es avanzar por la justicia social y de género en nuestro país. Poner los cuidados al centro de las decisiones políticas es el camino para construir una sociedad más justa.
